Hechos recientes en el mundo del vino puede que anuncien que los albariños y otros vinos gallegos se escapen de la rutina y de la influencia de Robert Parker, una especie de "todo a cien" al servicio de los importadores norteamericanos. En Galicia hay que cambiar más cosas de las que pensamos, pero una de ellas es la forma de hacer vinos y la manera de venderlos. Lo más urgente es que los políticos, que se distinguen por un exceso de carencias, dejen de entrar en las bodegas sin poner los pies en ellas. No carecen de mala uva, pero esa no es fruta de la viña. También es urgente olvidarse del jefe Parker. Gurú es "persona a quien se considera maestro o guía espiritual, o a quien se le reconoce autoridad intelectual". ¿Cómo podemos aceptar como gurú en materia de vinos gallegos a quien "ni siquiera ha pisado una bodega española en toda su carrera, lo que me parece incluso una falta de respeto", como ha declarado a La Voz su compatriota Gerry Dawes? Pero Dawes todavía dijo más de Parker: "No tiene ni idea de lo que es Galicia". "Solo trata -añadió- con los importadores y ellos buscan vinos idénticos pensados para su gusto". La verdad es que sin recorrer un territorio, conocer su suelo y su climatología y observar donde están los viñedos y los cuidados que se le dedican, falta base para interpretar sus vinos. Cuando las cepas están en tierras agrícolas de primera, con suelos profundos y húmedos, es difícil que las uvas lleguen a madurar por el tiempo de "San Migueliño das uvas maduras, que tarde me ves e pouco me duras". ¿Cuántos viñedos de O Salnés están orientados al mediodía? Otra cosa sería si las uvas, como sostiene un viejo amigo mio, que aprendió del albariño con su abuelo, madurasen como los plátanos de Canarias. Pero como esa forma de madurar no se descubrió, en esas tierras mejor cultivar maiz y repollos. Es más rentable. Los viejos cosecheros de albariño dejaron dicho que "un año para hacerlos y un año para beberlos". Lo cual no quiere decir que en años con climatología favorable no sea factible elaborar caldos que aguanten unos años sin perder el tipo. Pero tiene el albariño otra característica, quiza única en el mundo para blancos, la segunda fermentación, la maloláctica.
Las más de las bodegas de O Salnés huyen de la segunda fermentación, porque tiene sus dificultades. En vez de degradar el ácido málico con bacterias lácticas echan mano de los carbonatos. Disfrazan la acidez, pero a costa de castigar el sabor y el amor del vino. Alice Feiring, columnista de vinos de Los Angeles Time Magazine, en su libro "La batalla por el vino y el amor o cómo salvé al mundo de la parquerización", (apareció en inglés en 2008 y se espera la edición española de Tusquets para 2010), defiende, según escribe en El País la periodista Rocío Ayuso en crónica titulada "Contra el pensamiento único de Robert Parker", que es posible hacer vino de otra forma, de una forma más natural, sin tantos sulfitos y otros componentes químicos para los que hay alternativas y que no dejan que cada vino cuente su historia. Recientemente, Alice Feiring confiensa a A. Gil que "un día me desperté y vi que todos mis vinos favoritos desaparecían; pensé en salvarlos y comence a escribir por pura frustración". Recuerda Feiring que tiene un problema con el albariño: "Disfruté mucho con ese vino, pero su estilo ha cambiado por completo. Era austero, refrescante y delicioso y ahora es como el chardonnay. Hoy no encuentro un albariño que no sea tropical".
En agosto del año pasado, la bodega Agrupación de Cosecheros Albariño do Salnés, SAT comenzó a exportar su marca Dom Bardo a Norteamérica. Lo curioso fue que el importador vino a la bodega, en vez de ir la bodega a hacerse un hueco en el mercado norteamericano. Su producción, alrededor de las 300.000 botellas, hasta ahora se vendía directamente en bodega con el reclamo de su calidad. Su mejor mercado está en Cataluña por Navidades. Un emigrante gallego fue el que dio la pista de este vino al distribuidor americano, cuando en aquel inmenso mercado, tan grande como el europeo, arreciaba la polémica contra la "parkerización". A poco de entrar en el mercado americano, el crítico Josh Raynolds de International Wine Cellar, publicación bimensual de Steve Tanzer, publica la primera cata de Dom Bardo. Fue en el número de septiembre-octubre de 2008. Y cuya traducción dice así:
" Color dorado medio. Profundo en nariz presenta una intensidad con aromas de pera ahumada y melocotón entrelazados con especias calientes y un toque mineral. En boca permanecen los aromas del limón ácido y la manzana verde que se enriquecen con el aire. Se recogen también cualidades de las frutsas de hueso (melocotón) y el ligero amargor de la piel de la pera. Las hierbas aromáticas (hierbas carnosas) y una pizca de anís persisten en un acabado largo que casi se mastica. Esto se aparta mucho de la mayoría de los vinos elaborados con esta uva, que son tipicamente más picantes y ácidos. Será el acompañamiento ideal de los mejores platos de pescado".
Resalta Josh Raynolds que otros albariños "son tipicamente más picantes". Ha apuntado el quid de la cuestión. Los albariños que no han pasado por la fermentación maloláctica, porque la han sustituido por la facilidad de los carbonatos, resultan picantes. Dom Bardo está en el grupo, escaso de número, de los excelentes albariños del Salnés desde 1974. Y el "gurú" Parker ni se enteró.
Ocurre que los Estados Unidos de América superan los 305 millones de habitantes. Y entre ellos figuran los de la llamada Generación Milenio, integrada por unos 76 millones de ciudadanos, de entre 21 y 30 años, con poder adquisitivo, que gustan de conversar con los amigos en torno a una botella de vino. A lo largo del año catan casi todos los vinos del mundo que llegan al mercado norteamericano. Otro dato: el 55% de las mujeres compran vino en Estados Unidos. Para esa inmensidad de compradores de vino se editan en aquel país bastantes revistas además de reseñas que publican los diarios. Robert Parker edita la revista "Wine Advocate". Tiene 62 años, abogado, que trabajó como empleado de banca. Se interesó por los vinos en Francia, hace más de 30 años, con ocasión de una visita a la que hoy es su mujer. De ahí arranca su amor por los vinos de Burdeos. En 1978 comenzó a editar su revista, que actualmente está en los 40.000 ejemplares y mantiene una web en Internet. No obstante, no es la publicación con mayor difusión, pero si la más influyente por el montaje de Parker, ayudado por un equipo de colaboradores. El catador que se encarga de los vinos españoles también se ocupa del Noroeste del Pacífico, Australia y Sudamérica. Se trata de Jay S. Miller, que cuando recibió el encargo abandonó su trabajo en una tienda de vinos de Baltimore. Para los vinos de Alemania y Austria cuenta con David Schildkneccht desde 2005, que hasta enero de 2007 no dejó su trabajo en el negocio del vino. En fin, el equipo de Parker está formado por amigos, muchos comerciantes del ramo. También publica una guía de más de mil páginas para el comprador, con precios y valoración de 8.000 vinos. La mitad de sus páginas está dedicada a los vinos de Burdeos y Borgoña. A los vinos de California dedica una carta parte de la guía. Cuida a Italia y a España le dedica pocas páginas.
En Estados Unidos se cuentan más de 300.000 puntos de venta de vino y otros tantos restaurantes. El consumo de vino está en unos 2.754 millones de litros, de los cuales importan más del 20 por ciento, por encima de los 550 millones de litros. Controlan el 75% de los vinos de importación el 20% de los distribuidores, y algunos representan más de 500 marcas. La crisis está reduciendo el consumo, pero ya con anterioridad se puso en marcha un aumento de la producción propia. Hasta producen albariño. Como dato, en 1999 contaban 2.700 bodegas y en la actualidad casi llegan a las 5.000. Otra característica del mercado americano es que cada año beben más vino tinto por razones de salud. España exportó en 2008 a Estados Unidos unos 126 millones de litros por valor de 188 millones de euros, con un precio medio por litro de 3,51 euros, que equivalen a 4,66 dólares. El precio medio para la botella de tres cuartos es de 2,63 euros. El vino de mesa supone el 64% de la exportación, con un precio medio por litro entre 0,38 y 0,75 euros.
¿A qué precio se exporta el litro de albariño de la D.O. Rías Baixas? El Consello Regulador exporta litros, pero hace tiempo que en su web no alude al valor. No obstante, por informaciones periodísticas se sabe que en 2007 se vendieron al exterior 3,2 millones de litros que se acercaron a los 20 millones de euros, lo que daría 6,25 euros por litro o 4,68 euros o 3,52 dólares por botella. Otra fuente periodística pone las exportaciones en 4,4 millones de botellas de 77 bodegas, que alcanzaron un valor de mercado de 17.728.926 euros. Esto es, 4,02 euros o 3,03 dólares botella. Los precios de venta de los albariños en el mercado americano superan los 20 dólares por botella, incluso los hay que sobrepasan los 40 y que no se distinguen por su calidad. El negocio es para los americanos.
Los litros vendidos en 2007 en Estados Unidos ascendieron, según los periódicos, a 1,7 millones de litros. Pero para la venta de este vino en el mercado americano se ha montado una campaña de promoción, que se encuentra en el quinto año consecutivo y con un coste anual de 750.000 euros, que financia el Consello Regulador, el ICEX y el IGAPE y en la de este año participan 15 bodegas, de las 171 inscritas. Esto equivale a que el dinero público aporta 0,44 euros por cada botella vendida. Pero no para ahí el gasto público, ya que el año pasado la consellería de Medio Rural destinó 160.000 euros en señalizar la Ruta do Viño das Rías Baixas y 1,5 millones de euros en subvención a una nueva bodega, que por lo menos en este caso, sus socios poseen viñedo. Y también anunció un Plan Especial Rías Baixas en convenio con 39 concellos con un presupuesto de 3,2 millones de euros. Seguro que hay gallegos que sin catar ni una vez el albariño contribuyen con sus impuestos para mantener un consello regulador -desgraciadamente no es el único-, cuyo futuro la crisis económica va a poner en aprietos. Tampoco sería malo que la crisis obligara a cambiar el rumbo de la D.O. Rías Baixas , reestructurar la zona y volver a los vinos del Salnés, de Rubiós, del Condado y del Rosal, cuidando desde la viña hasta la elaboración de los vinos. Sin subvenciones, claro. Pero eso sí, crear de una vez una escuela de Enología para formar a los cosecheros de cara a elaborar vinos únicos, de los buenos del mundo, que para eso hay materia prima. Entonces acudir al mercado exterior con un precio mínimo botella en bodega por encima de los diez euros no asustará a los consumidores americanos.